NOSOTROS

Bar Centenario Rosarino,

Patrimonio Cultural de Rosario

Cocina de Inmigrantes, Pinchos, Sidra Tirada, Liso Santa Fe, Arte, Cultura, Degustaciones, Coctelería Clásica y de Autor, Carta de Tragos con Amargo Obrero, Carnavales de Pichincha, Locros Patrios, Día de la Pachamama, Los 29 Ñoquis, Semana del Puchero a la española, Pizzas Caseras al molde, Bodegas Boutiques, Cata a ciegas, Homenaje anual al Negro Olmedo, Maratón de Bartenders de Rosario, Presentación de libros, Radio en Vivo, Locación para rodaje cinematográfico, Museo de Botellas del Siglo XX.

El Riel

Estamos hablando de una plataforma. Un vagón comedor que ha perdido la locomotora y quedó anclado en la esquina de Rivadavia y Pueyrredón por misteriosas razones. Tal vez la vieja máquina 557 que descansa a cien metros de allí, su sueño imposible de futuro, haya sido su madre. El lugar ampara a los hombres de manos duras desde hace 80 años de los patrones fastidiosos, del sol en verano, del frío mortal de julio a orillas del río. A pesar de la crisis, El Riel se abre como un abanico. El movimiento es importante en la mañana, café con medialunas o bizcochos, el diario, un pucho y, porque no, un fernet en la barra o una ginebra en las mesas para empezar a trepar la cuesta del día.


Santiago Olmos tiene un delantal azul y una sonrisa amable. Desde hace medio siglo recorre el perímetro de este lugar. Su padre Justo Olmos, un español nacido en Segovia, le compró el local en 1942 a un amigo de apellido Navarro. Don Justo llegó al país desde su Aguila Fuente natal y comenzó a trabajar en el ramo gastronómico. Primero tuvo un bar en el mítico barrio de Pichincha, en Suipacha y Guemes; luego se trasladó a un negocio de Rioja y Dorrego para recalar después, en la década del cuarenta, en El riel. El boliche tiene este nombre desde su fundación estimada en 1915. La primera habilitación municipal es contundente: El riel, despacho de bebidas, almacén y forrajería. "Cuando llegamos con mi padre todavía existían algunos panes de pasto", recuerda Olmos.


La vitrina que dividía el almacén del bar está ahora recostada sobre la pared que da a calle Pueyrredon. Todavía conserva su hermosura y una interesante colección de botellas. Santiago recuerda que en los "años pesados" del bar, cuando se jugaba a los naipes y en cualquier momento podía comenzar una pelea, dos trabajadores del puerto protagonizaron una gresca que terminó con todos los vidrios del mueble. Por entonces, a los parroquianos revoltosos se los sancionaba con suspensiones temporarias o vitalicias y todo volvía a la calma.


La familia Olmos trabajaba en pleno. Justo atendía junto a su mujer, Carmen y sus dos hijos. Santiago era el encargado de repartir los productos a bordo de un triciclo que solía volcar por el desparejo empedrado de piedra. Llevaba los pedidos que previamente eran imputados en una libreta. En esos cuadernos se encuentran encargos melodiosos: toscanitos Regia, alpargatas, panceta, vino, grasa, sifón... Esto debía el señor Serafín Alvarez en abril de 1945. Su deuda produce una secreta envidia, y bien vale un brindis.


El riel fue siempre un bar de trabajadores. Ferroviarios, canillitas, portuarios, empleados de las desaparecidas Bodega El Globo y la metalúrgica Prumay. A los que se sumaron con el tiempo, los médicos y paramédicos del Servicio de Emergencias municipal, los empleados de la distribuidora de Clarín y los vecinos con tiempo. También los dueños de oficios prestigiosos, como los maquinistas y bancarios, solían recalar en su barra para "darse dique" ante la concurrencia con sólo exhibir el ejercicio de sus tareas cotidianas.


Era una época blanda, los hombres del puerto tenían el alma mojada por el río, y había que embuchar una caña para resistir la helada de la mañana en las Unidades 26 y 27. Por lo menos, esto decían los inmigrantes polacos que pasaban por El riel con devoción religiosa antes de las 8. "Entonces mucha gente desayunaba con una copa de alguna bebida blanca", confiesa Olmos. Sobre el mediodía los almuerzos de 20 minutos volvían a reunirlos en derredor de suculentos sánguches de salame y queso, regados con vino Tomba.


El ambiente todavía recuerda la figura varonil del Paisano Díaz, guapo entre guapos, bebiendo lentamente junto a uno de los ventanales. Con la mirada perdida en la calle, apenas respondía con un movimiento de cabeza a los saludos de los parroquianos. Comenzaba la década del 50, se sentía viejo y este era un cálido refugio en el borde mismo de lo que fue su territorio: Pichincha.


Las estanterías recuerdan esos días. Los cajones para guardar los fideos sueltos y la yerba. Las botellas que se apilan como un ejército son testigos de éstas extrañas misas de la amistad: Grappa Valleviejo, Cinzano, Fernet, Vinos, Apricot, Caña de durazno, Anís Ocho Hermanos, Licor con grappa y miel Rondini, Cubana sello verde y otros brebajes amables.


El cierre de la Estación Rosario Norte lo ha afectado pero no alcanzó a enmudecer el sonido de las copas. "Servime un capu", exige un cliente tempranero. En el lenguaje del bar: un capuchino en vaso. "Una cañita Olmos", pide otro. En el sector de calle Pueyrredón, algunos chicos entran en busca de golosinas. Celina Olmos los atiende con afecto. Un cartel laqueado reza: "El mejor café La Virginia". En este lado, se lucen las mesadas de mármol, las latas, los colores del almacén bajo el sol que se filtra por las tres puertas del local.


Desde 1965, Santiago está a bordo de este vagón extraviado en los afectos. En la reiteración encuentra la alegría. Abre a las seis, sirve café, vuelca cerveza en los corazones como una promesa. Conversa, despacha fiambre cortado en fetas, azucar, cigarrillos.


Cierra las puertas cerca de las diez de la noche. Sólo cuando el hombre de sombrero de apellido Díaz vacía su vaso de vino y oculta su figura en las sombras.



Reynaldo Sietecase en su libro Los Bares, Barcos en tierra a la orilla del Paraná